Reflexiones de un lunes cualquiera.

Son muchas las veces en las que, desde hace un tiempo, me sorprendo pensando y diciendo en voz alta cosas que jamás pensé que diría o pensaría.

Siento que tanto la percepción como las bases de mi propia vida están cambiando a una rapidez increíble. Es como si esté despertando de un sueño y me haya puesto a andar sobre el camino que ya estaba predispuesto para mí.

Y es en días como hoy cuando me paro y me pregunto si no me estaré equivocando, si lo que estoy haciendo no será traicionarme a mí misma, tirando por la borda todos mis sueños… o si únicamente lo que me está pasando es es que estoy madurando en otra etapa de mi vida. Pero pensando en ello, me pregunto… ¿cuáles han sido y son mis sueños?

Lo cierto es, que mi sueño en la vida nunca ha sido el llegar a lo más alto en mi carrera, ni dar la vuelta al mundo viajando, ni tan si quiera formar mi propia familia. Creo que mi meta, triste y simple ha sido siempre, sentirme capaz. Hace un tiempo consistía en demostrar a los demás, a mi familia, a mis compañeros, a mis parejas. Esto hacía que inconscientemente volcara en ellos todo el peso de mi estabilidad emocional, frustrando con ello tanto mis propósitos como las propias relaciones. Cuando me di cuenta, empecé a enfocar todos estos esfuerzos en demostrarme a mí misma, apoyándome sin dependencias en los demás. Y gané mucho, conseguí eliminar lo tóxico de mi entorno y avanzar en mi vida.

Sin embargo, sigue habiendo un problema de base, y es que sigo teniendo  esa necesidad de demostrarme a mí misma, sintiendo ese miedo a fallar que me frena a continuar. Y es que en el fondo siempre he sentido que no puedo, siempre me he creído inferior.

En todas estas etapas me he ido conociendo, entendiendo y queriendo a mi modo. Pero es un largo camino, en el que inevitablemente aún tendré que convivir con muchos momentos en los que querré darme por vencida y recurrir a viejas costumbres. No pasa nada, soy humana, no soy perfecta, y poco a poco me reconciliaré conmigo misma hasta el punto de borrar por completo ese miedo.

Hasta entonces seguiré trabajando duro, y dando gracias por todo lo bueno que me rodea, que puedo asegurar que no es poco 🙂

 

PD.: Llevaba muchísimo tiempo sin utilizar el blog para abrirme así, y no recordaba lo bien que sienta. Siento la chapa si alguien es capaz de leerlo xD.

Buenas noches! 🙂

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Ana y Mía.

Ana y Mía las llaman, sorprendente nombre, inofensivo ¿verdad?. Nada más lejos de la realidad…

Poco puedo decir sobre ellas, ya que por suerte no me ha tocado vivirlas, sólo estuve cerca y pude verlo. Pude notar lo fuerte que es, lo fácil que hubiera sido rendirme, y lo tremendamente difícil que es salir. Y sobre todo, pude ver que no son Ana y Mía, no son amigas, son enfermedades, serias, duras, mortales.

Me gustaría compartir este artículo porque me parece una forma diferente de tratarlas, más desde dentro. Y además me gustó la descripción que da, en concreto esta frase:

“La guerra es brutal porque es contra uno mismo.”

Las chicas de Malawa: una mirada delicada al hondo pozo de la anorexia.

Es justamente eso, una guerra interna, que destruye todo a su paso. Y que afecta no solo a la persona sino también a su entorno.

Pero como toda lucha tiene un final, y por muy difícil que sea se puede y se podrá siempre ganar. No más Ana y Mía.

 

Relaciones sanas.

Hace poco leí una entrevista a una chica que confesaba estar enamorada de su novio, que le amaba por encima de todo, decía. Hasta ahí puede parecer todo normal. Mi sorpresa fue al escuchar frases como:

“Todo lo que me pasa es gracias a él”

“No hubiera sido capaz sin él”

“No puedo estar más de X horas sin hablar con él”

“Nunca podría amar más a alguien”

Y así, una retahíla de frases que a oídos del público provocaba caras de “Oh qué bonito” ¿Bonito? Sí, claro. Para una película de antena 3 de un domingo por la tarde, en la que todo es idílico y azucarado. Pero por favor, no en la vida real.

Vaya por delante que entiendo que cada relación es distinta, y que cada uno la lleva como le da la real gana, pero creo que ese fervor casi enfermizo dista mucho de poder llamarse amor. Y eso no sólo hace que una relación acabe sino que te anula como persona.

Y me da miedo que se vea como normal algo que considero que no debería serlo, no tanto por esa chica en particular, sino por todas aquellas que la miran y quieren ser como ella, imitando su forma de ser y de “amar”.

Que conste que cuando la escuché me vi muy reflejada en esas palabras, y por eso mismo lo rechacé de este modo, con lo que puede que mi opinión esté contaminada por mi propia experiencia. Pero en cualquier caso, me alegro de ya no pensar así, y haber cambiado el concepto de relación. Ahora para mí una relación sana es aquella que te hace feliz sin anularte, que complementa tu vida, que suma y no resta,  y de la que no se tiene la convicción de que sea eterna. Porque nada es para siempre.

Feliz domingo 🙂

Live together, die alone.

Qué sencillo es esperar las palabras mágicas. Qué sencillo es cargar en una persona todo el peso de tu estabilidad, motivación, ilusión, “felicidad”. Esa necesidad de escuchar un simple “Todo saldrá bien. Yo estoy contigo”. Escudos, espejismos, inseguridad pura.

Y el problema no está en el que lo dice, lo diga o no de verdad, el problema está en tener la necesidad de escucharlo. Además de ser un acto tremendamente egoísta, relegar en alguien la responsabilidad que sólo nosotros mismos tenemos. No necesitamos a nadie más que a nosotros mismos diciéndonos lo capaces que somos.

Podemos compartir momentos con los demás, podemos incluso compartir nuestra vida con alguien. Pero a la hora de la verdad, a la hora de enfrentarse de cara a la realidad, estamos y estaremos solos.

 

“Live together, die alone.”

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Rocío 2.0

Hoy he vuelto a escuchar esta canción, y cada vez que la escucho me acuerdo de un momento. Es la canción que escuché en un examen de Circuitos, en mi primera Fiesta de la Primavera, en mi primer año de universidad. Recuerdo las ganas que tenía de acabar ese examen, fuera como fuese, para poder salir al césped a reunirme con los demás, ponerme hasta el culo de cerveza y olvidarlo. Y en efecto así fue, es la mejor fiesta universitaria que he tenido y tendré. Ese curso lo recuerdo con nostalgia, no por la gente, ni por la edad, porque tenía una venda en los ojos que me hacía inmune a todos los problemas, era una niña jugando a ser mujer.

De ese año debí haber aprendido muchas cosas, debí haber sacado las conclusiones que me guiaran por otro camino, pero no fue así. Me limité a querer seguir poniéndome la venda, aunque se cayera sola, aunque supiera que no podía llegar lejos así. Supongo que es verdad que cuando repites una mentira muchas veces, terminas creyendo que es verdad.

Y llegó un momento en el que la venda se cayó definitivamente y me vi sola ante un futuro incierto, con un sentimiento de culpabilidad enorme, una losa que no me dejaba avanzar. Sólo quería retroceder y hacer las cosas bien. Habría dado lo que fuera porque me dieran la oportunidad de volver atrás.

Hoy en día, si me dieran esa oportunidad, no volvería. Creo que el destino es más sabio de lo que parece, que te va poniendo pruebas y te va dejando aprender sólo a base de ostias, lo que de otra forma es imposible saber. Hoy me ha dicho alguien, que se sentía un idiota por no ser capaz de aprender sin llevarse un palo. Yo le he dicho que se sienta orgulloso, porque no todo el mundo es capaz de aprender de las experiencias. Hay personas que, como yo ese primer año de universidad, no se quitan la venda,  siguen pensando que la culpa es del mundo, de los demás, de las circunstancias, de la vida, de la suerte. Y no ven que esas malas experiencias te dan lo más valioso del mundo: poder reconocer tus propios errores para intentar mejorar como persona.

Antes me daba mucha rabia esa gente que se cree sus propias mentiras, y ya no solo eso, sino que intentan que te las creas tú. Pero ya no me da rabia, me da pena, mucha pena. Porque me veo reflejada en esa época, y siento que no saben lo que se pierden. Que avanzar en la vida no es sólo estudiar más, sacar mejores notas, tener un trabajo mejor, ganar más dinero, ser más popular. Es ser consciente de que no somos perfectos, que cometemos mil errores y que siempre será positivo descubrirlos, reconocerlos e intentar mejorar.

Y aunque desde fuera aparentemente todo parezca igual y no de la sensación de haber progresado nada, he conseguido muchas cosas y si miro dentro de mí no reconozco a esa Rocío con la venda en los ojos. Soy una versión mejorada de mí misma y estoy deseando que llegue la nueva versión, porque siento que ahora nadie puede pararme a llegar a donde me proponga 🙂

Ilusión.

Hoy mientras estoy en el trabajo sin nada que hacer (para variar últimamente :P) me he dado cuenta de que cada vez escribo menos por aquí. Supongo que el hecho de abrirme el blog, fue en gran medida como parte de una “autoterapia”, para tener la facilidad de poder expresarme y dejar los pensamientos que me atormentaban aquí, ya que de otro modo me era imposible.

Y en verdad creo que ha hecho su efecto, cada vez escribo menos porque cada vez me atormento menos. Y cada vez me atormento menos porque tengo muchísimas cosas buenas en las que pensar.

Desde que he tomado la determinación de tener una actitud positiva con respecto a la vida, me siento mucho más madura, y sobre todo mucho más feliz. Y ahora sé que podré conseguir todo lo que me proponga, con esfuerzo, dedicación, pero lo más importante… con ilusión.

Puede resultar raro, y hasta yo misma me sorprendo, pero nunca había tenido tanta ilusión. Y sólo con eso ya sé que voy por el buen camino.

Go Ro! 🙂

Cicatrices.

Los niños se caen muchas veces. A veces las caídas son tan grandes que se hacen profundas heridas. Sangran, les duele, sufren. Pero les curan, y cada día va doliendo menos. Hasta que la herida se convierte en cicatriz. Esa cicatriz debería recordarles el dolor que pasaron por aquella herida, debería hacerles tener más cuidado. Pero les da igual, una vez que el dolor ha pasado sólo quieren volver a disfrutar. Lo que no saben, es que la segunda caída en el mismo sitio, abrirá la cicatriz, y agrandará la herida que ya tenían, multiplicando aquel dolor.

Es algo que vemos en los niños, que les advertimos, y a la vez no nos damos cuenta de las veces que nosotros mismos nos abrimos nuestras propias heridas, una y otra vez. Heridas más dolorosas que no dejamos cicatrizar. A veces somos tan rematadamente estúpidos, que tiramos por la borda todo el sufrimiento que hemos pasado, todo lo que hemos avanzado y aprendido, por la ilusión puesta en que todo va a cambiar, que va a ser mejor.

La gente no cambia, pueden cambiar de vida, de entorno, pueden cambiarlo todo, pero el fondo es el mismo. Las palabras vacías siempre lo van a ser. No podemos aferrarnos a ninguna palabra, sólo podemos aferrarnos a la gente que lucha por ti, que te demuestra con hechos lo que con palabras no se puede demostrar.

Nunca he querido grandes demostraciones, nunca me han gustado las ostentaciones, los regalos. No necesitaba nada de eso… lo único que quería y he querido siempre es levantarme cada mañana sabiendo que no había cometido un error, que todo el mundo se equivocaba, que no era mejor apartar la piedra para no volver a tropezar.

Seamos valientes, persigamos nuestros sueños, pero seamos realistas. Si te hace daño no te lo mereces. Anda otra vez lo desandado, y no mires atrás. La luz al final del túnel sigue estando ahí, camina de la mano de quien te quiera bien, y ten presente que quien continúe cuando llegues al otro lado no siempre puede depender de ti.