Ana y Mía.

Ana y Mía las llaman, sorprendente nombre, inofensivo ¿verdad?. Nada más lejos de la realidad…

Poco puedo decir sobre ellas, ya que por suerte no me ha tocado vivirlas, sólo estuve cerca y pude verlo. Pude notar lo fuerte que es, lo fácil que hubiera sido rendirme, y lo tremendamente difícil que es salir. Y sobre todo, pude ver que no son Ana y Mía, no son amigas, son enfermedades, serias, duras, mortales.

Me gustaría compartir este artículo porque me parece una forma diferente de tratarlas, más desde dentro. Y además me gustó la descripción que da, en concreto esta frase:

“La guerra es brutal porque es contra uno mismo.”

Las chicas de Malawa: una mirada delicada al hondo pozo de la anorexia.

Es justamente eso, una guerra interna, que destruye todo a su paso. Y que afecta no solo a la persona sino también a su entorno.

Pero como toda lucha tiene un final, y por muy difícil que sea se puede y se podrá siempre ganar. No más Ana y Mía.

 

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Relaciones sanas.

Hace poco leí una entrevista a una chica que confesaba estar enamorada de su novio, que le amaba por encima de todo, decía. Hasta ahí puede parecer todo normal. Mi sorpresa fue al escuchar frases como:

“Todo lo que me pasa es gracias a él”

“No hubiera sido capaz sin él”

“No puedo estar más de X horas sin hablar con él”

“Nunca podría amar más a alguien”

Y así, una retahíla de frases que a oídos del público provocaba caras de “Oh qué bonito” ¿Bonito? Sí, claro. Para una película de antena 3 de un domingo por la tarde, en la que todo es idílico y azucarado. Pero por favor, no en la vida real.

Vaya por delante que entiendo que cada relación es distinta, y que cada uno la lleva como le da la real gana, pero creo que ese fervor casi enfermizo dista mucho de poder llamarse amor. Y eso no sólo hace que una relación acabe sino que te anula como persona.

Y me da miedo que se vea como normal algo que considero que no debería serlo, no tanto por esa chica en particular, sino por todas aquellas que la miran y quieren ser como ella, imitando su forma de ser y de “amar”.

Que conste que cuando la escuché me vi muy reflejada en esas palabras, y por eso mismo lo rechacé de este modo, con lo que puede que mi opinión esté contaminada por mi propia experiencia. Pero en cualquier caso, me alegro de ya no pensar así, y haber cambiado el concepto de relación. Ahora para mí una relación sana es aquella que te hace feliz sin anularte, que complementa tu vida, que suma y no resta,  y de la que no se tiene la convicción de que sea eterna. Porque nada es para siempre.

Feliz domingo 🙂