Cicatrices.

Los niños se caen muchas veces. A veces las caídas son tan grandes que se hacen profundas heridas. Sangran, les duele, sufren. Pero les curan, y cada día va doliendo menos. Hasta que la herida se convierte en cicatriz. Esa cicatriz debería recordarles el dolor que pasaron por aquella herida, debería hacerles tener más cuidado. Pero les da igual, una vez que el dolor ha pasado sólo quieren volver a disfrutar. Lo que no saben, es que la segunda caída en el mismo sitio, abrirá la cicatriz, y agrandará la herida que ya tenían, multiplicando aquel dolor.

Es algo que vemos en los niños, que les advertimos, y a la vez no nos damos cuenta de las veces que nosotros mismos nos abrimos nuestras propias heridas, una y otra vez. Heridas más dolorosas que no dejamos cicatrizar. A veces somos tan rematadamente estúpidos, que tiramos por la borda todo el sufrimiento que hemos pasado, todo lo que hemos avanzado y aprendido, por la ilusión puesta en que todo va a cambiar, que va a ser mejor.

La gente no cambia, pueden cambiar de vida, de entorno, pueden cambiarlo todo, pero el fondo es el mismo. Las palabras vacías siempre lo van a ser. No podemos aferrarnos a ninguna palabra, sólo podemos aferrarnos a la gente que lucha por ti, que te demuestra con hechos lo que con palabras no se puede demostrar.

Nunca he querido grandes demostraciones, nunca me han gustado las ostentaciones, los regalos. No necesitaba nada de eso… lo único que quería y he querido siempre es levantarme cada mañana sabiendo que no había cometido un error, que todo el mundo se equivocaba, que no era mejor apartar la piedra para no volver a tropezar.

Seamos valientes, persigamos nuestros sueños, pero seamos realistas. Si te hace daño no te lo mereces. Anda otra vez lo desandado, y no mires atrás. La luz al final del túnel sigue estando ahí, camina de la mano de quien te quiera bien, y ten presente que quien continúe cuando llegues al otro lado no siempre puede depender de ti.

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